ʆʊɳɋɫɨɔɵʂ

domingo, 4 de noviembre de 2012

La reflexión de Verónika

Estoy viva, pensó Veronika. Va a empezar todo otra vez. Tendré que pasar un tiempo aquí dentro, hasta que comprueben que estoy perfectamente normal. Después me darán de alta, y volveré a ver las calles de Ljubljana, su plaza redonda, los puentes, las personas que pasan por las calles yendo y volviendo del trabajo.Como las personas siempre tienden a ayudar a las otras -sólo para sentirse mejores de lo que realmente son-, me volverán a emplear en la biblioteca. Con el tiempo, volveré a frecuentar los mismos bares y discotecas, conversaré con mis amigos sobre las injusticias y los problemas del mundo, iré al cine, pasearé por el lago.Dado que elegí las pastillas, no he estropeado mi físico en absoluto: continúo siendo joven, bonita, inteligente, y no tendré -como nunca tuve dificultades para conseguir novio. Haré el amor con él en su casa, o en el bosque, obtendré un cierto placer, pero después del orgasmo la sensación de vacío volverá. Ya no tendremos mucho sobre lo que conversar, y tanto él como yo lo sabemos: llega el momento de damos una disculpa mutua («es tarde» o «mañana tengo que levantarme temprano») y partiremos lo más rápidamente posible, evitando miramos a los ojos.Yo vuelvo a mi cuarto alquilado en el convento. Intento leer un libro, enciendo el televisor para ver los mismos programas de siempre, coloco el despertador para despertarme exactamente a la misma hora que el día anterior, repito mecánicamente las tareas que me son confiadas en la biblioteca. Como el sándwich en el jardín frente al teatro sentada en el mismo banco, junto con otras personas que también escogen los mismos bancos para almorzar, que tienen la misma mirada vacía, pero fingen estar ocupadas con cosas importantísimas.Después vuelvo al trabajo, escucho algunos comentarios sobre quién está saliendo con quién, quién está sufriendo tal cosa, cómo tal persona lloró por culpa del marido, y me quedo con la sensación de que soy bonita, tengo empleo y consigo el amante que quiero. Después regreso a los bares hacia el fin del día y después todo vuelve a empezar.Mi madre (que debe de estar preocupadísima por mi intento de suicidio) se recuperará del susto y continuará preguntándome qué voy a hacer de mi vida, porque no soy igual a las otras personas, ya que, al fin y al cabo, las cosas no son tan complicadas como yo pienso que son. «Fíjate en mí, por ejemplo, que llevo años casada con tu padre y procuré darte la mejor educación y los mejores ejemplos posibles. »Un día me canso de oírle repetir siempre lo mismo y, para contentarla, me caso con un hombre a quien yo misma me impongo amar. Ambos terminaremos encontrando una manera de soñar juntos con nuestro futuro, la casa de campo, los hijos, el futuro de nuestros hijos. Haremos mucho el amor el primer año, menos el segundo, a partir del tercero quizás pensaremos en el sexo una vez cada quince días y transformaremos ese pensamiento en acción apenas una vez al mes. Y, peor que eso, apenas hablaremos. Yo me esforzaré por aceptar la situación, y me preguntaré en qué he fallado, ya que no consigo interesarlo, no me presta la menor atención y vive hablando de sus amigos como si fuesen realmente su mundo.Cuando el matrimonio esté apenas sostenido por un hilo, me quedaré embarazada. Tendremos un  hijo, pasaremos algún tiempo más próximos uno del otro y pronto la situación volverá a ser como antes.
Entonces empezaré a engordar como la tía de la enfermera de ayer, o de días atrás, no sé bien. Y 
empezaré a hacer régimen, sistemáticamente derrotada cada día, cada semana, por el peso que 
insiste en aumentar a pesar de todo el control. A estas alturas, tomaré algunas drogas mágicas para 
no caer en la depresión y tendré algunos hijos en noches de amor que pasan demasiado de prisa. 
Diré a todos que los hijos son la razón de mi vida, pero, en verdad, ellos exigen mi vida como razón.
La gente nos considerará siempre una pareja feliz y nadie sabrá lo que existe de soledad, de 
amargura, de renuncia, detrás de toda esa apariencia de felicidad.
Hasta que un día, cuando mi marido tenga su primera amante, yo tal vez protagonice un escándalo 
como la tía de la enfermera, o piense nuevamente en suicidarme. Pero entonces ya seré vieja y 
cobarde, con dos o tres hijos que necesitan mi ayuda, y debo educarlos, colocarlos en el mundo, 
antes de ser capaz de abandonar todo. Yo no me suicidaré: haré un escándalo, amenazaré con irme 
con los niños. 

Él, como todos los hombres, retrocederá, dirá que me ama y que aquello no volverá a 
repetirse. Nunca se le pasará por la cabeza que, si yo resolviese realmente irme la única elección 
posible sería la casa de mis padres, y quedarme allí el resto de la vida teniendo que escuchar todos 
los días a mi madre lamentándose porque perdí una oportunidad única de ser feliz, que él era un 
excelente marido a pesar de sus pequeños defectos y que mis hijos sufrirán mucho por causa de la 
separación.
Dos o tres años después, otra mujer aparecerá en su vida. 

Yo lo descubriré (porque lo veré o porque alguien me lo contará), pero esta vez fingiré ignorarlo. Gasté toda mi energía luchando contra la amante anterior, no sobró nada, es mejor aceptar la vida tal como es en realidad y no como yo la imaginaba. Mi madre tenía razón.
El seguirá siendo amable conmigo, yo continuaré mi trabajo en la biblioteca, con mis sándwiches en 
la plaza del teatro, mis libros que nunca consigo terminar de leer, los programas de televisión que 
continuarán siendo los mismos de aquí a diez, veinte o cincuenta años.
Sólo que comeré los sándwiches con sentimiento de culpa, porque estoy engordando; y ya no iré a 
bares, porque tengo un marido que me espera en casa para cuidar a los hijos.
A partir de ahí, todo se reduce a esperar a que los chicos crezcan y pensar todos los días en el 
suicidio, sin valor para llevarlo a cabo. Un buen día, llego a la conclusión de que la vida es así, de 
que es inútil rebelarse, de que nada cambiará. Y me conformo.
Veronika concluyó su monólogo interior, y se hizo a sí misma una promesa: no saldría de Villete 
con vida. Era mejor acabar con todo ahora, mientras aún tuviera valor y salud para morir



Texto extraído de Verónika decide Morir - Paulo Coelho

En muchos momentos lo pienso,  ¿y si  la vida que tengo por delante no cumple mis expectativas? ¿Valdrá entonces la pena vivir con la amargura y la desesperación? En el caso de vivir en un completo desengaño, ¿tan mala es la idea de acabar con todo antes?
Mejor quemarse que consumirse lentamente, dicen. Pero  siempre juega un papel importante la   esperanza, la esperanza de que esos presentimientos de que nada cambiará no se cumplan. La esperanza de que algo cambie y poder sel feliz. Y es por eso, sólo por eso, por lo que sigo aquí ahora.


2 comentarios:

  1. Creo que siempre la vida merece la pena, siempre que se tenga el valor que es lo que le ha faltado al final a Verónika. Siemrpe tenemos que pensar que merece la pena un esfuerzo!
    unbesitoo:)

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  2. Como te han dicho anteriormente la vida merece la pena, hay que saber vivirla bien.
    Pásate por mi blog, te espero, un besito :3

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